La Gesta de Juan Ignacio Pombo - 1.935
Santander (España) - México D.F. (México)
J
uan
Ignacio
Pombo
Alonso
Pesquera,
era
hijo
de
Juan
Pombo
Ibarra,
familia
Santanderina
y
muy
vinculada
al
mundo
de
la
aviación.
Su
padre
había
sido
el
primer
piloto
que
había
realizado
en
1.913
el
primer
vuelo
entre Santander y Madrid.
La
empresa
que
Juan
Ignacio
ha
proyectado,
aparte
del
indudable
mérito
aeronáutico,
nadie
hasta
entonces
había
cruzado
el
inmenso
Atlántico
en
un
avión
tan
pequeño
y
de
tan
reducida
potencia
de
motor,
ni
nadie
lo
ha
vuelto
a
hacer,
es
reveladora
de
una
audacia
y
una
voluntad
de
recio
temple
cántabro,
a
prueba
de
obstáculos
y
dificultades,
insólitas
a la edad de veintidós años.
No
tiene
Juan
Ignacio
que
vencer
la
resistencia
de
sus
familiares
para
afrontar
la
aventura,
no
en
vano
es
hijo
y
hermano
de
aviadores,
pero
ha
de
resolver
un
problema
de
gran
envergadura:
la
financiación
del
vuelo.
Nuestra
patria
atraviesa
un
momento
de
honda
crisis
económica,
nada
apropiada
para
conseguir
la
cantidad
necesaria
que,
sin
ser
una
cifra
exagerada,
se
sale
del
alcance
de
la
fortuna
familiar
de
los
Pombo
que
ya
no
son
aquellos
potentados
que
alojaban
Reyes
en
su
casa.
Pero
Juan
Ignacio
ha
decidido
cruzar
el
Atlántico
en
vuelo,
y
está
dispuesto
a
conseguir los medios para llevar adelante su propósito.
Pombo despidiéndose de su padre antes del Raid
En el aeródromo de la "La Albericia" Santander
La
elección
del
punto
final
de
su
vuelo
no
ofrece
demasiadas
dudas
a
Pombo,
aparte
de
que
razones
personales
le
atraen
a
México,
el
estar
todavía
reciente,
dos
años
escasos,
el
malogrado
vuelo
de
Barberán
y
Collar en el "Cuatro Vientos" que, tras triunfar en la hazaña de cruzar el Atlántico por su parte más ancha y de
Este
a
Oeste,
de
Sevilla
a
Camaguey,
desapareciendo
en
circunstancias
más
que
misteriosas
entre
la
última
ciudad
y
México,
hace
que
la
colonia
española
en
la
capital
mexicana
esté
ansiosa
por
recibir
la
visita
de
aviadores
españoles.
Juan
Ignacio
decide
que
el
final
de
su
viaje
sea
la
antigua
Tenoxtitlan;
el
lugar
de
partida
no
puede
ser
otro
que
que
la
capital
de
la
Montaña.
En
una
entrevista
que
para
"La
Voz
de
Cantabria"
que
le
hace
Noriega
en
la
clínica
de
Ignacio
Romero
Raizábal,
dice
Juan
Ignacio
que
no
trata
de
batir
ningún
record,
sino
de
"poner
un
lazo
de
unión
y
afectos
entre
el
alma
española
y
el
espíritu
de
los
países
iberoamericanos".
Y
añade,
"Deseo
salir
de
Santander
porque
soy
montañés,
y
mi
ilusión
es
que
cuando
el
zumbido
del
motor
obligue
a
levantar
la
vista
a
lo
alto,
durante
mi
travesía
por
esos
mundos,
el
pensamiento
se
remonte
y
venga
aquí,
a
nuestra
ciudad
de
Cantabria".
El
vuelo
será,
por
consiguiente,
de
Santander
a
México, recorrerá una distancia de unos 15.350 kilómetros (7.818 nm.) y empleará unas 73 horas en el vuelo.
El
avión
elegido
es,
como
desde
el
primer
momento
Pombo
ha
decidido,
el
"British
Aircraft
Eagle"
que
en
su
versión
de
serie
es
un
monoplano
de
ala
baja
cantilever,
construido
de
madera
contrapeada,
salvo
las
superficies
móviles
que
van
revestidas
de
tela.
La
cabina,
cerrada,
amplia
y
de
gran
visibilidad,
tiene
capacidad
para
tres
personas
y
un
departamento
para
equipajes.
Está
dotado
de
doble
mando
y
el
tren
de
aterrizaje
es
retráctil
y
se
opera
con
una
manivela,
quedando
las
ruedas
totalmente
escondidas
dentro
de
las
alas.
No
va
dotada
la
avioneta
de
piloto
automático
ni
de
equipo
de
radio,
como
tampoco
de
paracaídas
ni
chaleco
salvavidas.
Por
decisión
de
Juan
Ignacio,
es
pintada
de
blanco
y
rojo,
colores
heráldicos
de
Cantabria,
y
llevará
escrito
sobre
el
capot,
a
ambos
lados,
en
letras
blancas:
SANTANDER,
que
es
el
nombre
que
pone
este
montañés
a
su
frágil
y
ligera
cabalgadura.
En
el
fuselaje
lleva
impresa
la
matrícula
oficial:
EC-CBB,
y
un
poco
más
arriba,
y
por
iniciativa
de
Enrique
Mowinckel,
se
escribirá:
"Costa
Esmeralda
de
España",
nombre
que dio Pick a un trozo del litoral comprendido entre Santander y Castro-Urdiales.
El
sábado
11
de
Mayo,
D.
José
Eguino,
Obispo
de
la
Diócesis,
bendice
solemnemente
a
la
"Santander"
y
al
crucifijo
que
el
Club
de
Tenis,
ha
regalado
a
Juan
Ignacio
para
que
le
proteja
en
su
aventura.
La
partida
queda decidida para el día siguiente.
Aún
no
ha
iniciado
su
vuelo
y
ya
es
cantado
Pombo
por
sus
paisanos:
Jesús
Cancio
escribe
"El
poema
de
Juan
Ignacio
Pombo"
y
Fernando
Miguel
Noriega,
compone
la
música
y
letra
del
himno
"Gesta
Magna"
en
su
honor.
No
es
exagerado
decir
que
el
aviador
montañés
se
encuentra
en
olor
de
multitudes.
Se
organiza
un
servicio
de
automóviles
que
saldrá
del
Bar
Suizo,
para
el
aeródromo
de
"La
Albericia",
a
las
diez
y
cuarto
del
domingo 12 de mayo.
Y
llega
el
12
de
mayo.
La
Albericia
está
encharcado
por
los
fuertes
aguaceros
caídos
en
los
días
anteriores,
llega
Juan
Ignacio
al
aeródromo
dispuesto
a
dar
comienzo
la
aventura
de
sus
sueños.
Su
aspecto
es
tranquilo,
se
le
ve
dueño
de
sus
emociones
y
seguro
de
éxito
de
su
empresa.
Allí
están,
para
despedirle,
el
elegante
Coronel
Prats,
Jefe
del
Regimiento
de
Valencia,
que
no
esquiva
el
barro
que
mancha
sus
siempre
lustrosas
botas;
el
distinguido
Presidente
de
la
Diputación,
con
su
aire
deportista;
el
Alcalde
de
la
capital,
con
su
boina
de
honrado
artesano,
D.
José
Riestra,
Cónsul
de
México,
cubierto
con
un
sombrero
de
anchas
alas
que
recuerda
los
de
los
charros
"tapa-tíos";
y
con
las
autoridades
una
muchedumbre
de
montañeses
que van a despedir a su héroe y a desearle un feliz vuelo.
Es
sacada
la
"Santander"
del
modesto
barracón,
en
medio
de
una
gran
ovación.
D.
Juan
Pombo,
el
veterano
piloto
creador
de
una
dinastía
de
aviadores,
asiste
sereno
a
la
despedida:
Juan
Ignacio
le
abraza
después
de
haberse
despedido
de
las
autoridades
y
amigos.
Sube
a
la
avioneta
y,
antes
de
entrar
en
la
cabina,
de
pie
sobre
el
ala,
lanza
tres
vivas:
a
Santander,
a
México
y
a
España,
que
son
con
entusiasmo
contestados
por
todos
los
allí
presentes.
Hace
una
seña
al
mecánico
y
pone
el
motor
en
marcha
y
tras
unos
minutos de calentamiento del motor, inicia el rodaje.
Se
dirige
la
"Santander"
al
extremo
este
del
aeródromo,
se
aproa
al
viento
y
tras
una
corta
carrera
de
despegue,
abandona
con
suavidad
la
tierra;
da
dos
vueltas
sobre
el
campo
y
se
lanza
a
dar
una
pasada
sobre
las
cabezas
de
la
multitud
que
enfervorizada
le
aclama,
mientras
cientos
de
pañuelos
se
agitan
al
aire
estremecidos
por
el
rugir
del
motor
de
la
"Santander"
y
por
el
latir
de
los
corazones
de
todos
los
montañeses
que quieren acompañar a Juan Ignacio, el aviador cántabro, en su aventura.
Se
despide
Pombo
con
un
grácil
alabeo
de
la
"Santander"
y
en
vuelo
rasante
se
dirige
a
Solares,
para
cumplir
su
promesa
de
arrojar
flores
sobre
la
tumba
de
Don
Ramón
Pelayo,
primer
Marqués
de
Valdecilla
y
Pelayo.
Cumplido
este
piadoso
deber,
marcha
a
Laredo
y
toma
tierra
en
la
playa
de
La
Salvé,
en
la
que
tantas
veces
se
posara
y
cuya
arena
quiere
besar
con
las
ruedas
de
la
"Santander"
para
llevar
a
México
esta
simbólica
caricia.
Despega
para
dirigirse
a
Madrid,
pero
una
espesa
barrera
de
nubes
cierra
el
paso,
impidiéndole
franquear
la
cordillera
para
pasar
a
Castilla,
viéndose
forzado
a
regresar
a
"La
Albericia",
en
espera de que despeje el cielo.
Mapa etapas de Santander a Mexico
Primer plano de Juan Ignacio Pombo
Antes
de
amanecer
del
día
16,
acompañado
por
el
jefe
del
aeródromo,
Teniente
Coronel
Ferreiro,
por
varios
oficiales
y
amigos
y
por
Haya,
Guinea
y
Teodosio,
se
dirige
Juan
Ignacio
a
la
"Santander",
se
despide
de
todos,
y
sube
a
la
cabina
poniendo
el
motor
en
marcha.
A
las
cinco
cincuenta
despega
y
pone
proa
al
Estrecho
con
el
propósito
de
llegar
a
Villa
Cisneros.
Vuela
con
un
buen
tiempo
sobre
la
risueña
campiña
andaluza,
disfrutando
de
la
diafanidad
del
aire,
sereno
a
esas
horas
de
la
mañana,
todo
parece
augurar
unos
vuelos
sin
complicaciones
a
lo
largo
de
la
costa
africana,
hasta
Bathurst,
pero
cuando
va
llegando
a
Larache,
unos
nubarrones
en
el
horizonte
hacen
barruntar
que
el
tiempo
no
va
a
ser
tan
bueno
como
se
esperaba
y
como
las
etapas
que
lleva
ya
realizadas,
en
efecto,
poco
después
encuentra
nubes
bajas
y
chubascos
que
le
obligan
a
efectuar
diferentes
cambios
de
nivel,
hasta
que
a
la
altura
de
Casablanca,
un
fuerte
viento
de
costado
le
hace
presentir
una
tormenta
de
arena,
ante
lo
que
Juan
Ignacio,
preocupado
por
no
forzar
el
motor
al
que
le
espera
la
ruda
prueba
del
salto
del
Atlántico,
traza
un
plan
de
efectuar
etapas
cortas,
y
se
dirige
a
tomar
tierra
en
Agadir;
allí
los
franceses
le
dan
toda
clase
de
facilidades
y
le
recomiendan,
a
la
vista
de
la
meteorología
existente
en
la
costa,
que
efectúe
el
vuelo
por
encima
de
la
capa de nubes.
Juan
I.
Pombo
considera
temerario
ir
directamente
a
Villa
Cisneros
y
toma
la
decisión
de
dirigirse
a
Ifni
a
pasar
allí
la
noche.
En
Sidi-Ifni
encuentra
a
un
montañés
de
jefe
del
aeródromo,
el
Teniente
Alfredo
Arija,
que,
tras
ocuparse
de
que
la
avioneta
quede
a
cubierto
de
todo
contacto
con
el
peligroso
polvo
en
suspensión,
que
tanto
daño
puede
hacer
al
motor,
atiende
con
todo
cariño
a
su
paisano
y
le
brinda
la
tradicional
hospitalidad
de
los
aviadores
españoles,
en
el
pabellón de oficiales del aeródromo.
El
17
de
Agosto
despega
Pombo
con
media
carga
de
gasolina,
con
el
propósito
de
aprovisionarse
en
Cabo
July
y
cubrir
desde
allí
la
etapa
directa
hasta
Bathurst.
Reposta
en
Cabo
July
y
despega
inmediatamente,
pero
al
pasar
sobre
Villa
Cisneros
desciende
para
dar
una
pasada
al
fuerte
y
son
tantos
y
tan
expresivos
los
saludos
y
demostraciones
que
desde
el
suelo
le
hacen,
que
decide
tomar
tierra;
le
reciben
con
vítores
y
abrazos
y
le
conducen
al
Pabellón
de
Oficiales
donde
le
obsequian
con
un
rápido
y
poco
protocolario,
aunque
muy
cordial
almuerzo.
Juan Ignacio Pombo y su avión
Despega
tras
permanecer
en
el
suelo
poco
más
de
una
hora
y
trata
de
recuperar
el
tiempo
perdido,
pero
el
calor
sofocante
y
las
ráfagas
de
arena
que
el
“rififi”,
viento
del
desierto,
le
aconsejan
tomar
tierra
en
Port
Etienne
para
revisar
y
limpiar
el
motor
ya
que
cualquier
rozamiento
o
arena
en
los
filtros,
podrían
hacer
fracasar el saalto del Atlántico.
Estando
en
Port
Etienne
termiando
de
revisar
el
motor,
con
la
ayuda
de
un
mecánico
francés,
llega
un
teniente
español
en
coche
a
buscar
a
Juan
Ignacio,
para
que
pase
la
noche
en
el
fuerte
español
de
la
“Agüera”,
que
dista
unos
20
kilómetros.
Al
día
siguiente
despega
Pombo
a
las
ocho
y
media
de
la
mañana
del
día
18,
con
destino
a
Bathurst,
pero
una
rápìda
subida
de
la
temperatura
del
motor
le
obliga
a
tomar
tierra
en
San
Luis
de
Senegal,
donde,
una
vez
solventada
la
dificultad,
despega
a
las
13:30,
llegando
en
hora
y media de vuelo a Bathurst.
En
Bathurst
se
encuentra
con
el
Capitán
de
la
aviación
española,
Luis
Servet,
que
expresamente
ha
ido
para
prestar
cuanta
ayude
necesite.
El
día
19
se
repasa
el
avión
y
el
motor,
cambiando
el
aceite
y
cargando
al
máximo
de
combustible
para
el
salto
del
Atlántico.
Acompañado
de
Servet
y
del
persona
de
“Lufthansa”
que
amablemente
le
atiende
y
le
presta
alojamiento,
Juan
Ignacio
va
al
buque
escuela
“Schwabenland”,
dsonde
los
meteorólogos
alemanes
le
ponen
al
corriente
del
estado
del
tiempo.
Disponen
también
los
alemanes
que
se
haran
a
la
mar,
horas
antes
de
la
salida
del
aviador
español,
miedntras
que
otro
barco
escala
el
“Wesstfalen”
lo
hará
de
su
base
en
Fernando
de
Noronha,
saliento
al
encuentro
de
la
“Santander”.
De
esta
manera,
durante
el
vuelo,
habrá
dos
puntos
de
apoyo,
situados
respectivamente
a
300
millas
de
África
y
500
de
Fernando
de
Noronha,
apoyo
más
moral
que
material
al
no
disponer
la
“Santander”
de
equipo
de
radio
conel que poder informar de algún posible percance.
Dado
que
Juan
Ignacio
tampoco
dispone
de
“Radiogonómetro”,
ni
de
isntrumentos
para
la
navegación
“Astronómica”,
ha
de
preparar
la
travesía
del
océano
navegando
a
la
estima,
para
que
ayudado
por
el
Capitán
Servet,
destacado
navegante
aeronáutico,
tras
un
destacado
del
cuadro
de
marcha
de
la
“Santander”
y
de
los
vientos
reinantes
a
través
de
la
ruta,
determinan
la
derrota
a
seguir,
manteniendo
tres
rumbos
sucesivos,
que
corresponden
a
la
corrección
de
las
derivas
ocasionalas
por
los
“alisios”
en
los
dos
primeros
y
el
tercero
por
la
travesía.
También
se
releen
el
plan
médico
que
le
entregó
el
teniente
de
sanidad
de la Base de Tablada, a su paso por Sevilla, que le facilitará el resistir las largas horas de la travesía.
Y
llega
el
momento
cumbre,
la
víspera
se
retira
a
descansar
al
mediodía,
duerme
tranquilo,
como
si
aquello
que
va
a
afrontar
dentro
de
unas
horas
esté
dentro
de
lo
normal
y
rutinario.
A
las
nueve
de
la
noches,
es
despertado,
como
él
habia
dispuesto,
y
tras
darse
un
baño
tibio
se
retira
a
escribir
unas
cartas
para
que
sean
enviadas
si
no
logra
salir
con
vida
de
loa
empresa,
toma
luego
una
ligera
comida
y
se
dirige
al
lugar
donde
ya
está
dispuesta
la
“Santander”
cuya
silueta
destaca,
por
la
luces
de
la
plataforma
de
aparcamiento,
parece
levantar
agresivamente
el
morro
en
aptitud
de
desafío
al
inmenso
atlántico
que
se
oculta
en
la
negrura
de
la
noche.
Juan
Ignacio
se
dirige
al
avión,
le
da
una
vuelta
alrededor,
efectuando
una
última
revisión,
se
despide
con
un
abrazo
del
Capitán
Servet,
y
del
no
numeroso
grupo
que
ha
trasnichado
para
despedirle,
y
entre
sus
caras
se
adivina
la
inquietud
por
la
suerte
del
bravo
español,
sube
a
la
cabina,
saluda
con
la
mano
y
enciende
el
motor.
Tras
unos
minutos
de
calentamiento
de
lmotor,
hace
señas
para
que
le
quiten
los
calzos,
saluda
de
nuevo
y
rueda
hacia
la
línea
de
luces
que
señalan
la
dirección
de
despegue,
situa
la
“Santander”
paralela
a
ella y a la derecha, se encomienda a la virgen “Bien Aparecida” y va metiendo gases muy suavemente.
Comienza
la
carrera
de
despegue,
la
avioneta
va
ganando
velocidad
gradualmente,
el
motor
ruge
con
toda
su
pequeña
potencia,
en
la
cabina
no
hay
más
luz
que
la
tenue
y
azulada,
que
ilumina
el
tablero
de
instrumentos.
Las
luces
de
la
pista,
van
pasando
por
la
izquierda,
más
rápidas
cada
vez,
mientras
la
avioneta
trepita al pasar sobre las pequeñas irregularidades del terreno.
Juan
Ignacio
piensa
que
tarda
en
embalarse
el
avión,
y
tien
la
sensación
que
va
acabándose
la
pista
sin
que
aquel
adquiera
la
velocidad
suficiente
para
irse
al
aire.
Nunca
ha
despegado
con
tanto
peso
en
un
aparato
tan
pequeño.
Las
luces
pasan
ya
muy
rápidas,
van
disminuyendo
las
trepidaciones
al
ir
dejando
las
ruedas
de
apoyarse
en
el
suelo.
Un
ligero
tirón
de
la
palanca
y
la
“Santander”
se
va
al
aire.
Pasan
raudas
las
últimas
luces
de
la
pista,
alejándose
y
tomando,
por
mor
de
la
velocidad,
forma
alargada.
De
pronto,
no
ve
otra
cosa
Juan
Ignacio,
que
la
negrura
de
la
noche
bajo
sus
pies.
Esconde
el
tren
de
aterrizaje,
da
una
vuelta
sobre
el
campo
mientras
gana
altura,
y
se
aproa
al
inmenso
Atlántico,
tomando
el
rumbo
para
el
primer
tramo.
Con
el
corazón saltándole en el pecho, lleno de ilusión, comienza la gran aventura.
Cuando
lleva
poco
más
de
una
hora
de
vuelo,
ve
allá
abajo
las
luces
de
un
barco
y
la
visión
le
proporciona
una
sensación
de
bienestar,
piensa
que
tambioén
los
marineros
le
ven
a
él,
y
esto
le
anula
la
sensación
de
soledad
que
empezaba
a
sentir.
El
suave
y
firme
ronroneo
del
motor
le
parece
a
Juan
Ignacio
una
canción
triunfal
cantada
a
coropor
los
130
caballos
dirigidos
a
su
corazón.
Va
en
todo
momento
pendiente
del
reloj
y
del
consumo
de
combustible,
cálculo
que
se
vé
facilitado
por
los
cinco
independientes
depósitos
de
combustible.
Van
trascurridas
tres
horas
de
vuelo
cuando
empiezan
a
surgir
las
primeras
dificultades,
al
verse
envuelto
el
frágil
aparato
por
los
primeros
chubastos
de
una
tormenta
que
hace
bailar
a
la
“Santander”.Gruesas
gotas
de
lluvia
tamborilean
en
la
cabina.
El
piloto
no
pierde
la
serenidad
y
va
buscando
la
altura
más
idónea
para
evitar
los
efectos
de
la
tormenta,
sin
lograr
esquivarla;
no
puede
rodearla,
no
sabe
la
extensión
que
tiene,
es
tan
escaso
el
margen
de
combustible
que
tiene,
que
si
se
apartara
de
la
ruta,
correría
el
riesgo
de
no
llegar
a
la
costa
americana.
Se
ve
obligado
a
descender
y
encuentra
que
a
50
metros
de
la
superficie
de
las
olas,
la
turbulencia
es
menor,
aunque
volar
a
esa
altura
le
exige
una
mayor
atención
a
los
mandos,
con
la
consiguiente fatiga.
Al
amanecer,
Juan
Ignacio
es
testigo
de
un
impresionante
espectáculo,
grandes
basrreras
de
nubes
negras,
espesas,
cubren
el
horizonte;
de
ellas
se
desprenden
chubascos
intermitentes,
que
forman
como
columnas
de
grandes
arcos
de
una
fnatástica
catedral.
Está
cruzando
la
“Santander”
la
zona
de
grandes
perturbaciones
atmosféricas
producidas
al
formarse
una
profunda
depresión,
al
chocar
las
diferentes
presiones
de
los
“Alisios”
y
“Contraalisios”;
es
lo
que
los
franceses
llaman
“Le
port
au
noir”
que
constituye
una fuente permanente de tormentas.
A
propósito
de
estas
horas
largas
y
duras,
en
lucha
con
la
tormenta
para
mantener
el
rumbo
sin
que
la
frágil
“Santander” quedara destozada, dice Juan Ignacio:
“En
estos
momentos
hice
las
consideraciones
sobre
la
satisfacción
de
mis
creencias
y
de
la
grandeza
de
Dios.
Pensé
en
mis
padres,
hermanos,
en
España
y
en
mi.
Viviendo
con
intensidad
dramática
estos
recuerdos,
sostuve
la
lucha
hasta
que
aminado
el
viento
encontré
los
normales
“Alisios”
y
poco
a
poco,
con
la
mirada
clavada
en
el
reloj,
y
a
pedsar
del
exceso
de
gasto
de
combustible,
por
impediorme
los
vientos
la
marcha
normal,
pude
encontrar
el
optimismo
dentro
de
mi
espíritu,
preparado
siempre
a
toda
eventualidad,
pero tranquilo y sereno en el puesto de mando”
Ya
en
el
centro
del
día
cruzando
el
ecuador,
resulta
triuinfante
el
sol
en
su
lucha
con
los
nubarrones.
Lleva
Juan
Ignacio
y
la
“Santander”
catorce
horas
de
vuelo
ininterrumpidas
en
sus
fatigados
organismos,
cuando
el
piloto
divisa
una
línea
oscura
en
el
horizonte,
duda
al
principio
si
sera
tierra
o
una
ilusión
óptica,
pero
no
tarda
en
poder
identificarlo
como
la
isla
de
Fernando
de
Noronha,
experimentando
una
gran
alegría
que
le
produce
el
saber
que
no
se
ha
desviado
y
que
pese
a
la
tormenta
que
ha
tenido
que
cruzar,
con
las
correcciones hechas al rumbo en los puntos previstos, han resultado de una exactitud matemática.
Aligerada
la
“Santander”
de
combustible,
marcha
ahora
a
una
velocidad
algo
por
encima
de
los
200
km/hora,
acercándose
a
la
costa
brasileña,
cuyos
perfiles
se
van
destacando
a
mayor
precisión
a
cada
minuto
que
pasa.
El
combustible
remanente
es
escaso,
pero
el
ansia
de
llegar
de
Pombo,
le
hace
despreciar
esta
preocupación.
Por
fin,
sobre
la
tierra,
avistado
Natal,
la
“Santander”
se
lanza
como
una
flecha
sobfre
el
aeródromo.
Surge
una
dificultas,
el
tren
de
aterrizaje,
agarrotado,
presencia
resistencia
a
desplegarse,
Juan
Ignacio
somete
al
avión
a
unos
bruscos
alabeos
y
tirones,
con
lo
que
el
problema
se
resuelve,
y
las
ruedas
de
la
“Santander”
tocan
la
tierra
americana,
llevándola
el
beso
que
recibieron
de
la
arena
de
la
playa
de
“La
Salvé”
en
Laredo(Santander).
on
en
Natal
las
cuatro
y
quince
de
la
tarde,
la
una
y
cuarto
de
Madrid
de
21
de
Mayo
de
1935,
Juan
Ignacio
Pombo
y
la
“Santander”
acaban
de
cruzar
el
Atlántico
Sur,
en
un
vuelo
de
dieciseis
horas
y
cuarenta
minutos.
Han
recorrido
3.160
kilómetros
sobre
el
mar,
la
más
larga
distancia
cubierta
hasta
entonces
por
un
avión
ligero,
marca
que
aún
no
ha
sido
batida,
habiendo
pasado
mas
de
80
años,
superada
o
ni
si
quiera
igualada.
Al
tomar
tierra
en
el
aeródromo
de
Natal,
quedan
en
los
depósitos
de
bravo
avioncillo
!Diecisiete
litro de combustible¡, combustible para venticuatro minutos de vuelo.
Después
hizo
escala
en
Belem
do
Pará,
siguiendo
las
etapas
previstas
hasta
México,
al
salir
de
Belem
tuvo
que
aterrizar
en
Comodín
(Ceara)
por
una
fuga
de
combustible,
con
tal
mala
suerte
que
capotó
y
el
avión
quedó
inservible.
La
British
Aircraft
Co.
Ltd.
le
proporcionó
otra
célula
y
con
un
montador
de
la
compañía
se
reconstruyo
el
avión,
pudiendo
continuar
a
Parananimbo,
Puerto
España,
Maracay,
Barranquilla,
Bogotá,
vuelta
de
nuevo
a
Barranquilla,
Panamá,
San
José
de
Costa
Rica,
donde
sería
operado
de
un
ataque
de
apendicitis,
El
Salvador,
Guatemala,
Veracruz,
Acapulco
y
finalmente
Ciudad
de
México
D.F.,
donde
llegó
el
16
de
Noviembre
de
1.935,
habiendo
recorrido
14.480
km.
(
7.818
Nm
)
en
76,05 horas de vuelo.
La
colonia
española
en
México
y
el
propio
Gobierno
Mexicano
lo
recibieron
y
trataron
como
un
auténtico
héroe.
Nombrándole
hijo
predilecto
de
México.
La
avioneta
fue
donada
a
la
Ciudad
de
México
D.F.,
donde
está
expuesta, una réplica se encuentra en el Museo del Aire Español de "Cuatro Vientos" .
En
la
capital
Cántabra
se
siguieron
con
ilusión
las
distintas
etapas
del
vuelo
de
Pombo,
recibiéndose
telegramas
del
aviador
desde
todos
los
finales
de
cada
etapa.
Al
llegar
a
Santander,
a
media
tarde,
la
noticia
del
éxito
de
la
travesía
del
Atlántico,
se
organiza
una
espontánea
manifestación
que,
entre
el
estruendo
de
bombas
y
cohetes
y
los
acordes
de
alegres
pasacalles
que
sale
de
Puerto
Chico,
precedida
por
la
Comisión
oficial,
por
el
Paseo
de
Pereda,
La
Ribera,
Aterazanas,
Pi
y
Margall,
deteniéndose
ante
el
Ayuntamiento.
Desde
el
balcón
principal
de
la
Casa
Consistorial,
el
señor
Villegas,
primer
teniente
de
alcalde,
dirige
la
palabra
a
la
multitud
enfervorecida,
elogiando
el
valor
de
nuestro
"paisano".
Habla
a
continuación
D.
José
Riestra,
Cónsul
de
México,
que
termina
su
alocución
con
vivas
a
España
y
a
Santander,
que
son
contestados
por la muchedumbre con vivas a México.
El Gobernador civil, D. Ignacio Campomanes da a la prensa la siguiente nota:
"Por
la
ciencia
que
une
a
los
pueblos,
por
el
honor
de
España,
por
la
gloria
de
Santander,
felicito
a
la
hermosa
tierra
montañesa
que
vio
nacer
a
su
amado
hijo
Pombo,
que
hoy
enaltece
con
su
proeza,
admirada
por todo el mundo y por nadie superada" .
Embarca
para
Santander,
donando
su
avión
“Santander”
al
gobierno
de
México,
si
grande
fué
su
recibimiento
en
México
DF,
apoteósica
fué
su
llegada
a
la
capitalidad
Cántabra,
fué
en
su
momento
y
lo
es
en
la
actualidad,
un
pewrsonaje
ilustre
de
Cantabria.
Atrás
quedaron
cerca
de
16.000
kilómetros
y
76
horas
de
vuelo.
Un
años
después,
los
sueños
de
aventura
se
transformaron
en
pesadillas
de
guerra,
Juan
Ignacio
Pombo,
sirvió
en
el
Ejército en la guerra del 36, y terminado el conflicto marchó a México donde vivió durante cerca de 30 años.
Regresa
a
España,
ya
sin
grandes
riquezas
vivió
en
Madrid,
hasta
que
regresó
a
Cantabria,
en
198X,
donde
en
Torrelavega,
se
le
hizo
un
merecido
homenaje,
en
el
que
participó
la
Sociedad
Deportiva
Torrelavega,
el
Club
de Acrobacía José Luis Aresti, el Ejército del Aire y diferentes organismos oficiales.
En
1985,
con
motivo
del
50
Aniversario
de
su
histórico
vuelo,
el
Ayuntamiento
de
Santander
le
concedió
la
Insignia
de
Oro
de
la
ciudad
y
en
el
número
26
del
Paseo
de
Pereda,
en
cuya
casa
había
nacido
se
descubrió
una
placa
conmemorativa.
Por
otra
parte
el
Gobierno
de
Cantabria
le
concedió
la
Placa
de
Plata
y
la
Medalla
de
Oro
al
Mérito
Deportivo.
En
los
primeros
días
de
agosto
de
ese
año
se
celebraron
numerosos
actos
en
su
honor
en
la
capital
montañesa,
que
culminaron
con
un
gran
Festival
Aéreo
en
el
aeropuerto
de
Parayas.
Desgraciadamente
Juan
Ignacio
Pombo
Alonso-Pesquera,
fallecería
el
5
de
diciembre
de
1985,
víctima
de
un
cáncer
en
el
Hospital
Universitario
Marqués
de
Valdecilla.
Está
enterrado
en
el
Panteón
de
Hombres
Ilustres
del cementerio santanderino de Ciriego.
Datos obtenidos de:
Coronel Historiador del E.A. D.Emilio Herrera Alonso (D.E.P.)
Archivo Histórico del Ejército del Aire
Hemeroteca del Gobierno Autónomo de Cantabria
Hemeroteca del periódico "El Diario Montañés"
Y particulares y entusiastas de los comienzos de la aviación
Lugar donde descansan los restos mortales del piloto
cántabro D. Juan Ignacio Pombo